El que tiene oidos, oiga: No es lo mismo ser jefe... que ser líder

miércoles, 12 de agosto de 2009

No es lo mismo ser jefe... que ser líder

Para el jefe, la autoridad es un privilegio de mando, para el líder un privilegio de servicio.

El jefe ordena: Aquí mando yo. El líder dice: Aquí sirvo yo.

El jefe empuja al grupo y el líder va al frente comprometiendo con sus acciones.

El jefe cree que es suficiente una investidura de mando conferida desde fuera para conformar a su gusto el pequeño planeta sobre el que impera. El líder no necesita exhibir ante sus súbditos credenciales de legítima autoridad; su empeño generoso, su dinamismo mágico y su actitud de entrega son las mejores cartas con que los seguidores se enteran de que tiene una autoridad que no necesita imponerse por argumentos externos, sino por ejemplos entrañables.

La autoridad del jefe impone; la autoridad del líder subyuga y enamora.

El jefe inspira miedo, se le teme, se le da la vuelta; se le sonríe de frente y se le critica de espaldas; tal vez se le odia en secreto. El líder inspira confianza, inyecta entusiasmo, envuelve a los demás en aires de espontánea simpatía, da poder a su gente; cuando el está presente fortalece al grupo.

Si temes a tu superior, es que tu superior es un jefe; si lo amas, es un líder.

El jefe busca el culpable cuando hay un error. El que la hace la paga. Sanciona, castiga, reprende, en apariencia pone las cosas en su lugar, cree haber arreglado el mundo con un grito y con una infracción, pero ha cortado la rama torcida. El líder jamás apaga la llama que aún tiembla, jamás corta el tallo que aún verdece; corrige, pero comprende; castiga, pero enseña; sabe esperar. Por eso no busca las fallas por el placer sádico de dejar caer el peso de la autoridad sobre el culpable, sino que arregla las fallas y de paso rehabilita al caído.

El jefe asigna los deberes, ordena a cada súbdito lo que tiene que hacer: a ti te tocó esta parcela de la izquierda, a ti, esta de la derecha; ahora a trabajar y cumplir cada cual con lo suyo, mientras contemplo desde mi sillón cómo ustedes se movilizan y... ¡hay del incumplidor! El líder da el ejemplo. Trabaja con los demás, y como los demás, es congruente con su pensar, decir y hacer; su deber es el propio de todos, va al frente marcando el paso.

El jefe hace del trabajo una carga; el líder un privilegio.

Los que tienen un líder pueden cansarse del trabajo, pero jamás se fastidian, porque el magnetismo del líder abre ventanas a los ideales que delatan la alegría de vivir, de trabajar y de servir.

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